La naranja mecánica, Las uvas de la ira, Bananas, Vodka limón, El olor de la papaya verde… incluso Miguel Albadalejo saca ahora la vida de “El Pera”. Como pueden comprobar la utilización del nombre de una fruta en el título no es nada nuevo, incluso como que queda chachi “melón”. Sin embargo, hay que decir que la película que inspira este post, El sabor de la sandia, va más allá de un uso estético superficial. Por el contrario, el director Tsai ming-Liang, hace uso de la voluminosa fruta para servirnos un poema moderno sobre la incomunicación. Y lo hace a través de un fruto, la sandía, que funciona como perfecta metáfora de nuestros deseos (apetecible y rojo erótico en su interior) y también (la verde y dura y capa que envuelve su carne) de nuestros obstáculos.

Evocando los efectos que el calor provocaba a los protagonistas de aquella Fuego en el cuerpo, la película nos expone un ambiente de sudor y sequía (acuática y afectiva) en donde, además de las posibilidades de la fruta tanto como sustituto del agua como de barato afrodisíaco, se nos narra la rutinaria vida de una “necesitada” chica que trata de llamar la atención de un actor porno. Lo cierto es que los persistentes intentos de ella por despertar la atención de él, y la imposibilidad por parte de él de saciar los anhelos de ella, recuerdan la relación imposible de la granhermana Raquel con el nominator Pepe. Y es que el Cine Asiático, más que ningún otro, representa a día de hoy el esperanto de nuestros deseos más inconfesables. Decir además que en esta prodigiosa sucesión de imágenes con gran sentido del color, se intercalan números musicales de un kitsch exquisito, que tiñen el conjunto de una nada chirriante tragicómica ironía. Y por si fuera poco, nos obsequian con sabios consejos para nuestra vida sexual. Yo, de hecho, pienso comprarme una sandia cuanto antes.

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