
En 1975, año en que se rodó The man who fell to Earth, el ínclito David Bowie atravesaba la etapa más enfermiza y paranoica de su existencia. Sus excesos con la cocaína, unido a su frugal alimentación (un pimiento diario bajado con leche, y supongo que aderezado del susodicho polvo blanco), le convirtieron en un fantasmagórico y estrafalario ser. Así pasaba el Duque Blanco sus días a mediados de los ´70, encerrado en una ténebre mansión californiana, rodeado de libros sobre nazismo esotérico y respirando el inherente ocultismo post-hippie de la época. En sus momentos más paranoicos, Bowie procuraba ocultarse del supuesto peligro de su entorno ocultando a su vez sus propios fluidos y emanaciones corporales para así no ser blanco de algún posible embrujo.

Con toda esa estrambótica conducta y sus 40 kilos de peso, no es de extrañar que Nicholas Roeg viera en Bowie al extraterrestre que andaba buscando para su nuevo film. “Normalmente un actor se presenta para un papel, pero a veces parece que el papel se dirige hacia el actor” dijo el director en su momento. Ni Peter O´Toole, de rostro ario y anguloso a lo Bowie, ni el altísimo Michel Crichton (sí, el escritor de ‘best-sellers’) consiguieron adjudicarse el papel del alien Newton; solamente el andrógino y anoréxico ex-Ziggy Stardust daba la talla. Y así fue que dio comienzo el posmoderno cuento de El hombre que cayó a la Tierra.

En líneas generales, el film nos narra la Odisea de un extraterrestre que, con el fin de encontrar recursos para su planeta de origen, donde la aguardan mujer e hijos, aterriza en nuestro planeta para luego ser víctima de nuestra sociedad. Sirviéndose de este punto de partida, Roeg plantea la película como un cuento/ fábula futurista sobre la corrupción y la alienación; la minimalista producción y la gélida fotografía de quien una vez fue fotógrafo para el Farenhait 451 de Truffaut hacen el resto. Cine, en definitiva, arty y experimental, amigo de elipsis temporales y transiciones de cámara hacia el entorno natural. En efecto, The man who fell the Earth (al que la revista musical UNCUT dedicó unos meses atrás su portada), iniciaba 5 años antes de los 80 la era del video-clip que luego reanudaría los hermanos Scott, pero sobre todo, Roeg desplegaba esa economía gestual y esa gelidez high-tech y estética minimalista que luego reanudarían filmes como Blade Runner, Memento o Codigo 46 ; incluso parte del Cronemberg más quirúrgico puede tener un precedente en el film de Roeg.

Aunque hoy sea un director relegado a series televisivas y filmes sin ayudas económicas, por su fructífero pasado Roeg ya es parte del corpus de grandes autores; vale, es verdad que no en la línea de un Lynch, pero sí de un Ferrara o un Friedkin. Y es que, además de la odisea de Newton, figuran joyas como la hipnótica y fascinante parábola ecológica Walkabout, la rareza lisérgica de Performance con un wildeano y diabólico Mick Jagger , o el thriller psicológico Llamadas en la oscuridad

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