CELULOIDE OPIÁCEO I
Da comienzo un ilustrado articulo sobre esos descarnados pinchazos de Cine que, la mayor parte de las veces, hicieron exclamar a nuestra madre ¡¡¡ MI MADRE!!! Que por qué la aguja y no el porro o el turuto se preguntarán los lectores tiquismiquis. Durante todo el siglo XX y gran parte del XIX la inyección (ya sea de heroína, de cocaína, o de “burro” arrabalero) ha representado más que ninguna otra vía el arquetipo de la adicción llevado a su máximo extremo. Como recipiente de la morbosidad y el vicio, la típica insulina de farmacia -"chuta" para los amigos- se ha convertido incluso en icono cuasi-pop de la decadencia y la perdición. Añadámosle, a su vertiente transgresora, el hedonismo asociado al opiáceo colocón y, ya tenemos más que justificado este articulillo...
Sin ánimo apologista ninguno, decir que es inherente al ser humano la fascinación que la carne profanada -si es joven mejor- ejerce sobre nuestras consciencias. Que sí, que lo decadente mola ¿O acaso alguno de ustedes pensó por un segundo en apartar la mirada cuando el Renton de "Trainspotting" se metió aquel terroso y ambarino buco? De este modo, y con la frase en mente de Wilde "El único pecado es no haber pecado", vamos a darnos un garbeo por el lado salvaje del celuloide, mostrándoles la relación de la hipodérmica con el 7º Arte y amenizándoles el paseo con grandes e instructivos momentos en que el frío y punzante acero se hunde en la piel. Así que, videa bien hermanito, videa bien.
Antes de la censurante llegada del Codigo Hays la antesala de Hollywood semejaba una Babilonia sin fin, un putiferio de orgías y de champagne, además de otras sustancias. Fue, de hecho, la mortal sobredosis del galán Wally Reid la que hizo que la Sociedad puritana proclamara su particular "Basta ya". El señor Hays, antecedente del senador Mcartey de "La caza de brujas", se dedicó a crear listas negras con el supuesto fin de erradicar la adicción a los distintos narcóticos. Si de ningún modo se logró poner fin a la juerga, sí en cambio se acabó con la carrera cinematográfica de muchas estrellas, para quienes figurar en tales listas suponía el descrédito de los grandes Estudios. Fue el caso de Juanita Hansen, quien tras formar parte de una de aquellas listas, entró en una depresión de caballo -nunca mejor dicho- que la hizo recurrir de por vida al anestesiante opiáceo. Otras heroínas heroinómanas como Barbara Lamarr o Alma Rubens nos legaron para la eternidad sus frescos y bellos cadáveres.

La belleza triste de la Lamarr (en la foto)
Por si fuera poco, el Codigo Hays puso en marcha el mecanismo que permitía evadir ese mismo código. Así y con la coartada de advertir contra toda clase de excesos, películas como "Naufragio humano", "Narcotic" (1933)(vean esta impagable foto), "Marihuana"(1936), exponían toda clase de vicios y desviaciones que hacían levantar las cejas al hombre de a pie. En "Reefer madness" se nos advertía de las 2 consecuencias de una juerga cannábica: el talego y la locura; por supuesto, no sin antes hacernos disfrutar de la particular visión de juergistas féminas ligeras de ropa.

El tabaco negro del diablo!!! Sin duda y a día de hoy, este mismo cartel lo podrían utilizar las autoridades para el paquete de Ducados.
La sociedad americana posterior a la Segunda Guerra Mundial supone el perfecto caldo de cultivo para una generación ociosa y diletante. Es la década de la Beat Generetion, devota de psiconautas decimonónicos como Rimbaud que además tiene al drogófilo Burroughs como padre espiritual. El Cine, por supuesto, no es ajeno al nacimiento de estos movimientos contestatarios y nuevas Músicas (rock, be-bop...). De ese modo, en 1955 se pudo ver a un Frank Sinatra haciendo de percusionista yonki en "El hombre del brazo de oro". Nunca supe si el título se debía a la habilidad del personaje con la bateria o se debía en cambio, a la guita en droga que se metía en esa parte del cuerpo. Con todo, era impagable la escena en que "la voz de ojos azules" callejea a ritmo de jazz en busca de su ansiada dosis. Y es que al igual que en su coetánea "Un sombrero lleno de lluvia", se prefería mostrar -más que el placer de una dosis- el dolor de la abstinencia; todo lo cual no es ápice para, en un impagable plano medio, disfrutar de Franky pegándose un ortodoxo y torpe pinchazo.


Adelantado a su tiempo el cartel es obra de Saul Bass.
(Proximamente, los hippiosos y airados ´60).
