El terror moderno de los años 60, desde Psicosis , se caracterizaba porque el asesino ya no era un vampiro, una momia vengativa, o un hombre lobo…Tal como atestiguaban Psicosis o La semilla del diablo, el asesino era el ciudadano normal, tu propio vecino. Nacía así la era del Horror moderno, la Era del Psyckokiller. Aunque no se trate de una película de Terror al uso, Bubble ha dado (probablemente sin pretenderlo) un paso más en la tradición del Horror: el asesino ahora está a tu lado y además, ni nosotros ni él somos conscientes de su condición hasta que es demasiado tarde, y ni con esas.
El último film de Soderberg, además de por ser estrenado al mismo tiempo en Cine, DVD, y en Televisión, es revolucionario por la apabullante naturalidad con que hace fluir su irreverente discurso. Y es que Bubble es al fin y al cabo un irrepochable cuento visual sobre el estado de desintegración mental de los EEUU, un poema que ya no desea poner sobre aviso, sino crear poesía sobre los escombros en los que se asientan la actual USA. Es la historia que ya hemos oído mil veces (Larry Clark, Todd Solondz, Korine, …) contada, si cabe, con una contención aun más resignada ante lo fatídico. En el film de Soderberg no hay buenos y malos, sino asesinos potenciales a punto de dar el fatídico paso. Y quién es el depositario de esa energía a punto de saltar? SPOOOILERRR!! (aunque tanto da).
Pues nada menos que el ciudadano medio americano. Es la rutinaria trabajadora middle-class, comedora de comida basura, amante de la televisión, acomodada en la zona gris y suburbial donde vive y cuya vida funciona como el mecanismo de un reloj. Es ella la depositaria de esa trágica fuerza, una espoleta retardada que, como en el caso de Columbine acaba siempre por estallar. El film, de hecho, guarda ciertos paralelismos con Elephant de Gus Vant Sant. En las 2 películas se masca la tragedia (esa que cada cierto tiempo hace BUUUM en los telediarios), y además, al igual que la última etapa Vant Sant, en este caso parece descubrirse un atisbo de conciencia post-11S.
Quién habló de amor?
El triángulo “amoroso” solo es la excusa perfecta para desenterrar esa ceguera que camina hacia su propio declive. Grandes actores (ninguno profesional), entre ellos la actriz principal ( quien en realidad regenta en la realidad un kitchen fried en Kentucky), son manejados por Soderberg con la improvisada pericia de un Cassavettes. El peso del discurso se concentra en esa trabajadora rellena, autosuficiente aunque...solamente hasta que una segunda protagonista (más guapa y joven) hace saltar el resorte. Es esta chica la representación del pragmatismo, la juventud, y, sobre todo, las ansias de cambio; una fuerza que la obesa trabajadora no quiere (o no puede) soportar y de la que, sentada en el sillón frente a la televisión, probablemente se ha desentendido toda su vida. De lo que realmente trata pues el director es del potencial de destrucción que el ciudadano medio americano alberga sin saberlo en su interior. O puede que, vayan ustedes a saber, sí es la historia de un triángulo amoroso, y Soderberg, no es consciente de que ha hecho su propia versión sobre el Apocalipse. Y por último, no nos olvidemos de otro gran descubrimiento: ese joven protagonista que auxilia con pureza no corrompida a una madre soltera que ha acabado por ver en las relaciones una vía para apropiarse de lo ajeno y, por encima de todo, que asiste a la tragedia sin haber comprendido nada en absoluto, recogiendo en esa escena final, los restos de ceniza en esa fábrica que es, nada más y nada menos, que la perfecta metáfora de América: una factoría de muñecos artificiales en un mundo de gente rota.

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